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martes, 21 de enero de 2014

La mirada del toro


Insiste mucho ese buen aficionado que es José Morente en su blog La Razón Incorpórea en la diferente percepción que tienen acerca de lo que pasa en el ruedo el torero y el público.
No se torean los pitones, se torea la mirada
Y, además de muchas otras cosas, tiene razón en la medida en que a gran parte del público le impresionan únicamente el volumen y los pitones del toro.
Al que torea también. Pero no es esto lo principal. Lo que verdaderamente impresiona está en la mirada del toro: “No se torean los pitones, se torea la mirada”.
Me lo han dicho muchos maestros y he podido comprobarlo cada vez que me he puesto delante de los animales.
De esta forma el bien torear consistiría en librar los pitones y dominar esa mirada.
Por eso es importante conocerla, tratar de comprenderla.
Y tal vez por eso surgen de manera recurrente muchas teorías relacionadas con la mirada del toro, sus capacidades visuales y las formas en las que el torero se aprovecha de ellas.
Esta entrada no es –no estoy cualificado para ello- un artículo científico sino un conjunto de reflexiones personales entorno a esta cuestión, fundamental para quien pretenda torear siquiera como aficionado.


El miedo y el valor
Lo primero que provoca la mirada del toro es miedo e inseguridad y como es sabido, para enfrentarse a ella hace falta un mínimo de valor.
En mis comienzos de torear a veces sentía una angustiosa necesidad de seguridad y en busca de ella recuerdo haber tenido esta conversación con algunos toreros:

- Maestro, cuando esté delante de la becerra, ¿Cómo sabré si embestirá a la muleta o a mí?
- Eso no se piensa. Si cuando estás ahí te viene eso a la cabeza estás perdido.


Mitos y ritos pensados exclusivamente para infundir valor
En la historia de la humanidad, han existido siempre numerosos mitos y ritos pensados exclusivamente para infundir valor y transmitir esa necesaria seguridad a quienes iban a enfrentarse a pruebas de vida.
Lo vemos y lo reconocemos a través de muchas manifestaciones, el arte prehistórico, las pinturas de los guerreros, amuletos, arengas, oraciones…
En nuestro caso también las hay, pero:
- ¿Y si el toro no me viera?
- ¿Y si hubiera un punto delante del toro en el que yo estuviera a salvo?
Sólo pensarlo, la seguridad hincha mis pulmones y siento como el valor late y se impulsa a borbotones hasta la punta de las yemas de los dedos.
Yo, que sólo tenía dudas, de repente descubro que es posible torear porque confío en que hay un punto desde el que, invisible al toro, puedo hacerlo girar entorno a mí sin que la fiera tenga prácticamente la posibilidad de saber que estoy ahí.


Un punto ciego
Muchos afirman que existe. Algunos, han intentado demostrarlo.
En 1976, el profesor Dr. Martín Roldán, Catedrático de Anatomía de la Universidad de Madrid, habla de ello y lo identifica en su trabajo Fundamentos Anatomofuncionales del la Visión del Toro de Lidia.
En el blog Opinión y Toros, el profesor D. Juan Manuel Bueno, responde de este modo a la cuestión que nos ocupa.
“- Los ojos del toro están a los lados de la cara ¿cruzarse durante la lidia al pitón contrario es una ventaja para el torero?
Siempre hago la comparación con los humanos que es donde llevamos muchos años centrando nuestro trabajo. Por la disposición de nuestros ojos, los humanos disponemos de visión frontal binocular. Por el contrario el toro no tiene una visión frontal pues la disposición de sus ojos es lateral. Existen estudios que dicen que el campo visual lateral de cada ojo individual es de unos 110-115º (180º es un plano). La combinación de ambos da lugar a un cono central de tan sólo 20º de visión binocular cuyo vértice está a una distancia nada despreciable del hocico del animal. Obviando por un momento el hecho de que la refracción del ojo no permita al toro ver de cerca nítidamente, la existencia de este cono en la zona central, indica que hay una distancia a partir de la cual no puede ver objetos nítidamente pues están en una zona excluida de su campo visual (tanto mono como binocular). Seguramente el torero no sabe nada de la visión del toro, pero sí sabe que cuando se coloca en cierta posición el toro no le ve. Cuando el torero se cruza al pitón contrario se está moviendo dentro de esa zona de exclusión visual (o ángulo muerto). Hasta que no le muestra la muleta y ésta sale de esa zona, el toro no vería nada".  

Opinión y Toros. Entrevista a D. Juan Manuel Bueno, miembro del Laboratorio de Óptica y Director del Departamento de Física de la Universidad de Murcia (UMU),y que junto a Juan I. Seva, J. Manuel Sanes, y F. Martínez- Gomariz de la Facultad de Veterinaria de la Facultad de la UMU, obtuvo el premio a la mejor Comunicación Científica en el X Symposium del Toro de Lidia en Zafra.

En la web ocularis.es, también se publican opiniones interesantes sobre la visión de los toros y su relación con su comportamiento y sus embestidas a lo largo de la lidia.

¿Conocen la anatomía? Ciertamente sí. ¿Conocen el toreo? ¡Quizás!

¿Y si hubiera un punto delante del toro en el que yo estuviera a salvo?
Y sin embargo, a fuerza de tanto oírlo a toreros, científicos y aficionados, y aprovechando que convenía a la hora de ampliar mi escaso caudal de valor natural, durante algún tiempo fui uno de los que sucumbió ante la tentación de aceptar esta cuestión sin hacer mayores reflexiones.
Hasta que ese buen aficionado práctico que es  Jim Verner, a modo de Galileo pertinaz, a fuerza de mascullar entre dientes y mover la cabeza negando estas teorías me hizo dudar.
En mala hora Jim Verner -otra vez los americanos cuestionándolo todo- me hablaste de los mitos, de la fábula de la camisa del rey, de tus artículos y de tus observaciones, que por cierto deberías publicar.
En mala hora Jim Verner me dijiste que el punto ciego no existe.
Y para acabar de sembrar mis dudas hasta Alberto Ariza me dijo que si existe es tan chico que no creía que supusiera ninguna ventaja. Y ahora, ¿en qué confiaré yo?



Algunas aproximaciones desde la geometría
En efecto si aceptamos, y no tenemos porqué no, las explicaciones geométricas sobre la visión del toro que hace el profesor Martín Roldán, la colocación de los ojos del toro le permite un tener un amplio campo de visión uniocular de 115º en cada uno de sus laterales y un reducido ángulo de visión binocular de 20º en su zona frontal.
Efectivamente hay un cono frontal ciego a la visión como se aprecia en la figura 1.
Pero si trazamos sus dimensiones nos damos cuenta de que su vértice se sitúa entorno a 1,15m de la frente del toro.
¡Qué cerca! ¡Cómo llegar ahí sin que te vea!
Y su superficie en el plano horizontal es de apenas 0,26 m2. Imposible esconderse ahí dentro.


Si  situamos en este esquema el espacio que ocuparía en planta la figura del torero a distintas distancias de la cara del toro, nos daremos cuenta de que en cualquier lugar que se coloque el torero siempre está al menos parcialmente dentro de alguno de los campos de visión del toro.


Centrado y a la muy corta distancia de 0,50 m de la cara del toro, la superficie del torero invade las zonas de visión uniocular en más de la mitad de su superficie.
En efecto, el torero no es capaz de situarse en la zona de exclusión visual, salvo en posición de perfil y rozando con los muslos del torero la testuz del animal. ¿Tal vez los toros sólo podían ver la muleta en la suerte del péndulo? Sólo tal vez.
A medida que alejemos al torero de la cara del toro esta zona de inmunidad desaparece por completo y a la distancia de 2,15 m (dos pasos y medio) el torero citará al toro habiéndose situado del todo dentro del área en la que el toro tiene una visión binocular completa.

Pero es necesario observar desde un punto de vista lateral esta situación para completar esta aproximación geométrica a la visión del toro.


Partiendo también de las observaciones del profesor Martín Roldán, la visión del toro en el plano vertical ofrece una zona frontal ciega y por lo tanto un espacio para la inmunidad del torero.

Situemos, como en el caso anterior la figura del torero, variándola a diferentes distancias, e iluminemos la parte de su figura que está situada en la zona de visión vertical.

Con el torero situado a 1,15 m, punto que coincide con el vértice del cono ciego de visión del toro explicado en los esquemas horizontales, nos damos cuenta de que en ese punto, el toro ve la totalidad de la figura del torero y que si moviera la cabeza en el plano horizontal podría hacer un barrido lateral y verle con cualquiera de sus ojos.
Si desplazamos la figura del torero hacia atrás hasta situarlo a la distancia de 2,15 m donde ya hemos visto que el toro tiene una visión binocular completa, apreciamos que en el plano vertical la visión que tiene del torero es total.


Llama la atención, aproximadamente dos pasos y medio, la distancia ideal para traerse enganchada la embestida y que el animal tenga eso que llaman “sitio para embestir”.

Pero resulta que si esto valía para citar y colocarse, se descabala por completo cuando el toro humilla para embestir.


En efecto, al hacer girar el esquema de la visión del toro sobre la cruz del animal, su campo de visión se trastoca por completo.
El animal, si ve lo que tiene delante cuando come aunque para ello, como nosotros, no necesita verse los hocicos al comer.
Pero a la hora de embestir, que es lo que nos importaba, su percepción ha cambiado y únicamente va a ver, como ya sabemos, los pies o las pantorrillas del torero, en función de la distancia a la que éste se sitúe. Y, por supuesto, siempre verá la muleta arrastrada. Por eso pueden moverse cintura, brazos, cabeza y hombros, pero ¡ay de quien mueva los pies!

A la distancia de nuestros dos pasos y medio, el toro humillado y escarbando, apenas podrá ver los pies del torero, y convendrá esperar a que levante la cara para que pueda tener una visión más completa y pueda fijarse en el objeto, salvo que queramos correr el riesgo de que nos sorprenda y nos arrolle. ¿No se hace así con los toros reservones? O le acortas la distancia y le metes la muleta en el morro o esperas quietecito a que levante la cara y se fije antes de citar.



Efectivamente acabamos de hacer el gran descubrimiento: “el toro –como todos ya sabíamos- se puede torear no por su visión más o menos lateral, sino porque humilla para embestir” o dicho de otro modo y como hemos oído tantas veces, “el toro que no humilla no se puede torear.”




La observación del comportamiento de los animales
Estas aproximaciones desde la geometría de los campos visuales servirían de poco si, como me insistió Jim Verner, no las complementáramos a través de la observación del comportamiento de los animales, en el campo y en la lidia.
Ya hemos visto que el toro tiene las capacidades necesarias para cubrir con su visión un arco de 250º alrededor de su cabeza, combinando dos formas distintas de visión uniocular y binocular.
La cuestión es: ¿cuál de las dos visiones prefiere el toro? La respuesta la encontramos en la observación del comportamiento del toro.
El toro siempre busca la visión frontal
En el campo para fijar la vista donde quiere o al ver un objeto que se mueve el toro se cuadra, o gira el cuello buscando una visión frontal, situando el objeto en el centro de su campo de visión binocular.
En la plaza ocurre lo mismo y lo vemos cuando a toro parado sigue con el movimiento del cuello el desplazamiento del caballo de picar, o el deambular de los banderilleros, o al torero que se cruza en el cite hasta que, incómodo el toro gira los cuartos traseros para cuadrarse perfectamente con su objetivo.
Indudablemente, la mirada del toro busca siempre la frontalidad sin importarle gran cosa el pequeño ángulo ciego que le acompaña junto a sus rizos. Y es ahí y no antes cuando el toro se arranca.
La embestida recta, de frente y hacia delante
Muchas veces he observado como las becerras en el tentadero, permanecen quietas. Distraídas por un momento miran hacia otro lado y al recuperar la visión frontal se arrancan sorprendiendo al picador o al torero que tienen delante si no está atento a estos detalles.
Y es lógico, ya que al combinar la visión de sus dos ojos mide con mayor precisión la profundidad del campo y la distancia a la que se sitúan los objetos.


El toro siempre se cuadra y embiste de frente y hacia adelante.
Su arrancada cuando el torero le ha ganado el pitón busca cuadrarse para embestir de frente y hacia delante. No le vemos embestir con el cuello girado más que cuando se defiende queriendo marcharse.

Al cruzarse el torero el toro busca cuadrarse con él
Por eso cruzarse es una ventaja del torero. Porque sabe que al ofrecer la muleta plana en el pitón contrario el toro se abrirá hacia fuera de la trayectoria en la que sitúa el torero, siguiendo su tendencia natural de cuadrar su cuerpo, su mirada y su embestida.
Poca o ninguna ventaja supone (salvo la pequeña influencia de las muy cortas distancias) el hecho de que al cruzarse el torero se sitúe o atraviese parcialmente las mínimas zonas ciegas que deja el campo de visión del toro como creo que ha quedado demostrado.

El toro ni embiste a todo lo que ve, ni embiste a todo lo que se mueve.

El toro sólo embiste a aquello que percibe como una amenaza
El toro es extremadamente sensible al movimiento y a los contrastes de luz, pero sólo embiste a aquello que percibe como una amenaza y lo marca con su mirada y su actitud.
Torear es algo más que aprovechar como ve el toro. Es entender su mirada y como ésta anticipa su actitud.
Por eso, el torero ha de dominar las distancias, diferentes en cada animal. Juego de distancias en las que conseguir que el toro te perciba como una amenaza y provocar su reacción.

"Para torear hay que ofrecer al toro siempre la posibilidad de vencer".

Pero el toro es sensible y responde al movimiento que ve. No al que no ve. Por eso, observamos en la plaza que los toques, los cites, los vuelos y los movimientos de los trastos, se realizan siempre en el campo de visión del animal. Por el contrario los de los pies y el cuerpo del torero fuera de aquél, ya sea por su colocación geométrica (ver gráficos iniciales) ya sea por realizarse con el torero oculto tras el capote o la muleta, ya sea porque se hacen después de haber librado la embestida del animal.
Y, una vez fijo en el engaño, sólo el toro humillado reduce su campo de visión para ver únicamente la muleta que, en su movimiento acompasado, le invita a seguirla mientras se sienta con la capacidad de vencer en su arrancada.
Para esto y en aparente paradoja con el planteamiento inicial que buscaba zonas de inmunidad, no descubro nada nuevo al decir que lo que de verdad conviene al torero es que el toro tenga la mejor y más amplia visión posible.
Todo el que torea sabe del peligro del toro burriciego, del que tiene puntos de no visión o de visión defectuosa que embiste a oleadas, arrolla y se hace intoreable.

El toro mirón
Dicen los maestros que con el toro mirón, mejor tapadito detrás de la muleta.
En efecto, aunque los estudios sobre la visión del toro determinan que es ligeramente hipermétrope alrededor de 1,25 dioptrías y que en las distancias más cortas tiene algunas dificultades para enfocar esto no priva al toro de su capacidad para diferenciar los diferentes objetos.
Así, uno de los peligros que ofrece el hecho de torear tiene que ver con que el toro tiene plena capacidad para la diferenciación de las 2 figuras que tiene delante, a saber, la muleta y el torero.
Y aquí reflota, como el aceite en el agua, mi duda perenne:

- Maestro, ¿cómo sabré si embestirá a la muleta o a mí?

Ya hemos visto que el toro embiste a aquello que percibe como la amenaza mayor.
Y para ello hemos de aprovecharnos de su sensibilidad al movimiento, a los contrastes y de nuestra habilidad para dificultarle la diferenciación de las dos figuras.
Muleta y torero una única figura

Evidentemente adelantar la muleta sin dejar hueco entre engaño y torero simplifica las cosas, ofreciendo una figura única.
No necesita mayor explicación que en esta circunstancia el toro percibirá como amenaza mayor aquello que antes o con más brusquedad se mueva y será esa parte del conjunto la que reciba la violencia de su embestida.
Al dejar hueco entre el engaño y el torero al inicio del pase, se ofrecen al toro dos figuras claramente diferenciadas y con ello la posibilidad de elegir.
El toro mirará alternativamente a una y a otra y como todo el mundo sabe, en esa circunstancia sólo cabe quedarse quieto de cuerpo, tragar saliva si se puede y fijar la atención del toro con el movimiento de los toques de la muleta.

El toro que se vence
Cuidado dicen ¡que se mete por dentro!
También esto guarda relación como cómo ve el toro y su sensibilidad a los contrastes de luz.
Cuando el torero lleva la muleta a dos dedos de la cara del toro, éste apenas ve nada más que la muleta, centrado como está además, en perseguirla.
El temple del torero le permite conservar la ilusión de sentirse ganador y el muletazo ser rematará allá donde el torero mande.
Adelantar la muleta en exceso ofrece el hueco al toro
Sin embargo para ello hay que separar la muleta del cuerpo del torero y ahí se ofrece al animal un contraste de luz, un hueco por el que escapar.
¿Tal vez se vencen más los toros mansos? No lo tengo comprobado. Lo que si he comprobado es que se acuestan todos cuando el torero bien por adelantar la muleta en exceso, bien por trazar mal el muletazo le ofrece el hueco.
Los toros en las corraletas se manejan en base a ofrecerles puertas y contrastes de luz que siguen obedientemente. No debe el torero ofrecérselas en el ruedo.

Evolución de la mirada del toro a lo largo de la lidia
Si bien la visión del toro no varía a lo largo de la lidia su mirada si lo hace.
Y evoluciona pasando en muchos casos de la agresividad al desconcierto y finalmente a la entrega y la rendición.
Es en este punto cuando el dominio es absoluto y son posibles el toreo encimista y los desplantes.
Lejos queda por tanto la idea de que este toreo es posible porque el torero se sitúa en zonas en las que el animal no tiene la capacidad para verle.
Si así fuera podrían realizarse desplantes y adornos con un toro de salida y todos sabemos que eso no es posible a poco que éste sea de condición brava y encastada. 
La mirada del toro cambia a lo largo de la lidia
He podido observar como cambia durante la lidia la mirada de los animales y como esto no tiene que ver con sus capacidades visuales sino con su percepción de la posibilidad de vencer.
La mirada fiera de la salida, nada tiene que ver con la que nos muestra, desconcertado, después de romperse en el capote. Nuevamente cambia al salir de la pelea con los caballos. Una mirada agotada, al borde de la rendición que necesita sentirse vencedor frente a un hombre acuerpo limpio en banderillas.
En la muleta, la mirada del toro se apaga a medida que se siente incapaz de coger los engaños y se aviva cuando esta posibilidad se hace presente por la cogida o por las dudas del torero.
Y es otra la mirada del toro cuando se raja y huye buscando su querencia o la del que entregado se rinde esperando la muerte en la estocada.


¡Qué bien se aprecia si estás atento en los tentaderos y en el campo el cambio en la mirada del animal cuando cambia de manos!
Y es que acaso la mirada del toro dependa casi exclusivamente de las manos del torero que tenga delante.