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lunes, 20 de agosto de 2012

Una muesca en el revólver

Como muchos de vosotros me crié viendo películas del oeste los sábados por la tarde.
Recuerdo que aquellos pistoleros señalaban sus proezas haciendo con su navaja una marca en la culata de madera de su revólver.

Ha pasado una semana del Curso de Tauromaquia del Puerto y os aseguro que no ha sido un curso más. Este ha quedado grabado para siempre con una marca en el estaquillador de mi muleta.
La señal que dejan los hitos importantes en el currículum taurino de este aficionado.

Os diré por qué.

Porque para mí el toreo sin pasión y emoción acaso no sea más que un juego irracional.
Por eso este curso  lo he vivido - desde que me inscribí -  intensamente, con verdadera emoción y he gozado viendo en los ojos de muchos compañeros el brillo de quien se siente torero a más no poder.

Porque para mí el toreo sin expresión y competencia acaso no sea más que una monótona sucesión de faenas perfectamente prescindibles.
Por eso he disfrutado tanto de este curso sintiendo como desde el más novato al más toreado de los compañeros dejaban ir hasta su propio aliento detrás de cada muletazo, regalándonos a los demás lo mejor de sí mismos y queriendo, por un instante, borrar si fuera necesario al mismísimo Juan Belmonte.

Porque para mí el toreo sin miedo e incertidumbre acaso no sea más que otra de las tristes rutinas que nos rodean.
Por eso me conmovieron esas dudas a media voz del sábado por la noche – no sé si mañana seré capaz -  buscando en los compañeros esa seguridad imposible. Confidencias de quienes sin apenas conocerse, probablemente nos reconoceremos como amigos el resto de nuestra vida.

Porque para mí el toreo aficionado acaso sea la más sabrosa combinación de vanidad y humildad que pueda degustarse.


Para la vanidad, me llevo de este curso un guiño de aprobación del maestro Galloso después de dibujar un quite de espontáneo con el capote en Vistahermosa y el íntimo orgullo de haber toreado mi primer becerro en un lugar emblemático como Jandilla.
Para la humildad, me llevo dos ignominiosos pinchazos al carretón en la Plaza Real del Puerto y el punto amargo de no haber sido capaz de rematar mi actuación en el tentadero como el animal y la ocasión merecían.

Quería daros las gracias a todos, organizadores, profesores y compañeros porque finalmente me habéis mostrado la plenitud del toreo que acaso no sea más que todas esas cosas que cincuenta y tantos locos tenemos en la cabeza.

¡Casi nada!
 Nota: Este artículo ha sido publicado como carta de los alumnos en el blog del Club de aficionados prácticos taurinos: http://aficionadospracticos.blogspot.com.es/

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